martes, 30 de enero de 2018

NOTICIA: Viajes a la luna... de miel

CULTURA. Los viajes de novios, las históricas lunas de miel, han sido el momento más recordado de tantos matrimonios de aquellos tiempos en los que lo exótico era París y lo habitual... a ordeñar.


lanuevacronica.com
Toño Morala | 29/01/2018
¡Ay, ay, ay, el amor, el cortejar, somos novios, nos casamos…! Todo un rito de ritos desde tiempos inmemoriales; la mujer y el hombre fueron fraguando toda una serie de costumbres y de modas en todas las épocas; épocas aquellas donde todo era muy sencillo y pobre en las tierras de la tierra; pero algunos siempre se salieron del tiesto, eran los mandamases, los del poder, los que gobernaban el designio de las plebes y de los que pagaban tributos a diestro, siniestro, dioses, y vaya usted a saber cuántos más tributos y quién se los llevaba; más o menos como ahora, solo que ahora lo enmascaran con otras cosinas más sutiles; nos damos cuenta, pero los dejamos pasar cortésmente; pero seguro que algún día cambiarán las cosas y la tortilla se dará la vuelta y nos pillará debajo, como dicen las sabias abuelas. Pero esa es otra historia.

Como iba escribiendo, las liturgias, las vestimentas, ajuares varios, alguna tierra para labrar, cuartos pocos… pero aquello del viaje de novios o luna de miel; tela. Aquí sí que se podría comentar las vicisitudes de algunos en aquellos maravillosos viajes de novios, pero eso sí, viaje a la cuadra a ordeñar al ganado, a la hierba cuando tocaba embarazo… aquí hay que decir que las bodas se celebraban casi siempre después de acabar las duras jornadas del campo, desde la recogida de la hierba, la mies, la vendimia… en las ciudades la cosa iba de otra manera, precisamente un poco al contrario, verano era la estación donde más se casaban las buenas gentes. Pero después de los fastos de la boda, algunos iban de viaje de novios o luna de miel… qué bonito, conocer lugares nuevos, el romanticismo de aquellos días para el recuerdo, la ilusión de los novios; bueno y, si escribimos sobre cómo iban las parejas de viaje de novios, no habría periódico para llenar anécdotas y risas, alguna desgracia, y menos cosas raras de las que parecen. Ir, por ejemplo, de viaje de novios en la Lambretta o la Vespa, ella de lado, y en el portabultos una pequeña maleta de aquellas de cartón cubierto de tela de maleta, inconfundible aquella tela, y la novia con la pañoleta y las gafas de sol al viento y, ¡hala!, a conocer el mar por el puerto de Pajares abajo hasta llegar a Gijón, y ver aquella inmensidad de agua salada, y las olas, y el puerto… y comer sardinas con sidrina, y remangarse el pantalón, para y, cogidos de la mano, pasear por la playa de San Lorenzo románticamente enamorados, y luego ir a una de aquellas pensiones de calles de segunda línea de playa, y pasar unos días de viaje de novios inolvidables. La vuelta en la Vespa y subiendo el pajares, mejor no comentarlo. 

Y ya puestos, pues también recordar aquella luna de miel, de ir al cine y al teatro… otros tiraban de coche de línea desde el pueblo hasta la estación del norte, y de ahí rumbo en tren a lugares más lejanos como Madrid, Barcelona… los que tenían coche, aquellos eran unos privilegiados, viajaban hasta que se acababan las perras, algunos iban sin rumbo fijo, a la buena de dios, y como dios; eso sí, tiraban de bocadillos de chorizo y salchichón como estaba mandado y la bota al fresco amarrada al retrovisor del coche; también, muchos novios, iban a las casas de familiares que se marcharon a la emigración tanto de interior como en el extranjero. Más para acá, ya se hacía el viaje de novios comprado en una agencia de viajes, y si había posibles pues se iba a las Islas Canarias, a Mallorca; y a lugares idílicos como el Caribe, casi nada.

El origen de la luna de miel tiene varias versiones, entre ellas están por ejemplo la proveniente de Babilonia, hace más de 4000 años, donde el padre de la novia le daba al novio toda aquella cerveza de miel que pudiera beber durante un mes (una luna). Entre los romanos, la madre de la novia dejaba en la alcoba nupcial cada noche durante un mes o una luna, una vasija con miel para los recién casados. Se dice que fueron los Teutones en Alemania, quienes comenzaron con esta tradición; ellos celebraban sus bodas solamente bajo la luna llena y luego del evento, los novios bebían licor de miel durante los 30 días posteriores a la boda. Este período entonces llegó a conocerse como Luna de Miel. Por otro lado se dice que la expresión «Luna de Miel», data del siglo XVI, es de origen escandinavo y viene de una antigua costumbre de Europa septentrional, que significa «el primer mes» o «la primera luna» después de la boda. Durante este período, los novios acostumbraban tomar hidromiel, bebida elaborada a base de vino y miel que aumentaba la fertilidad. Así también para la comunidad septentrional de Europa, la luna de miel significaba aislamiento, ya que cuando un hombre de este lugar secuestraba a una joven de un poblado cercano, éste era obligado a ocultarla durante un tiempo; el único que sabía dónde estaba era el «padrino». Cuando la familia de la novia dejaba de buscarla, el hombre regresaba a su poblado. Por otro lado las parejas recién casadas, tenían tantas obligaciones cotidianas que les era imposible pasar algunos días o semanas disfrutando de un viaje y de su pareja. Caso totalmente contrario a como es hoy. Hoy en día la luna de miel, es algo totalmente diferente, ahora suele consistir en un viaje a algún lugar romántico y, a menudo, lejano y exótico; es uno de los momentos más esperados y placenteros para los recién casados, en el cual se aíslan para iniciar su vida matrimonial.

En ciertas tendencias religiosas, se considera que “Dios” escogió la miel como símbolo del casamiento durante siglos por tratarse de un alimento perenne e incorruptible, y que se torna aún más dulce con el paso de los años. Asimismo, se cree que la tradicional luna de miel podría tener sus raíces en costumbres de la burguesía inglesa del siglo XIX, puesto que los recién casados solían viajar luego de efectuado el matrimonio, con el propósito de visitar a aquellos parientes que por algún motivo no habían podido concurrir a la celebración. Mediante estas visitas, los novios se presentaban formalmente como pareja, aprovechando la ocasión para conocer nuevos destinos al tiempo que daban inicio a su vida conyugal. Esta costumbre se expandió rápidamente por el resto de Europa, y se popularizó aún más durante el siglo XX, gracias a los avances de los medios de transporte y el desarrollo de la actividad turística.


Hubo también alguna película que llegó al éxito a través de estas componendas de viajes de novios. Una de ellas fue… “Los asesinos de la luna de miel…” La cinta nos presenta a dos personajes: Martha, jefe de enfermeras del Hospital de Mobile en Alabama, con sobrepeso, soltera y una falta de cariño más que evidente. Ray es un inmigrante de origen hispano, el típico gigoló que utiliza agencias para citarse con mujeres, aprovechando la situación para robarles. La pareja se conoce gracias a una broma de la mujer que cuida de su madre. La chica se enamora de Ray, pero él no está muy por la labor; tras el engaño inicial, ambos se unirán para escoger a sus víctimas, mujeres solteras y viudas, a las que Ray seduce en primera instancia, haciéndoles creer que se va a casar con ellas, para matarlas posteriormente de forma macabra. Martha, que se hace pasar por su hermana, tendrá que hacer grandes esfuerzos para aguantar los celos y vigilar que su amado no cometa el acto sexual con sus futuras víctimas. Qué tétrico. Antiguamente, las latas se colgaban porque, como sucede en otras muchas tradiciones, se creía que su sonido ahuyentaba a los malos espíritus que podrían enturbiar el futuro feliz de los recién casados. La magia, los ritos, las costumbres, la cultura de los ancestros… viaje de novios, de luna de miel. Y los que en su día no han podido ir, que lo manden todo al carajo, y se vayan unos días de luna de miel, como lo manda la tradición, el amor, y la siempre maravilla de ser joven con ochenta años, o menos…

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