jueves, 24 de agosto de 2017

COLABORACIÓN: Los segadores a hoz y guadaña… Aquellas segadoras mecánicas tiradas por animales…


Atando los haces de mies.

Autor: Toño Morala
"De los cuatro muleros que van al campo, el de la mula torda, moreno y alto". Esta copla es original del poeta Federico García Lorca. Los cantos de trabajo son el compañero leal del segador que cruza Castilla en el estío, del labrador que siembra su tierra en el otoño o de los mozos que, entre risas y flores, van al molino cada tarde, cuando el verano ya cae. Así son Aradas las que se cantan tras la pareja y el arado, son Cantares de trilla los que se desgranan en las eras, son Tonadas de acribar el grano las que se entonan al ritmo del movimiento de la ceranda, son Cantos de segadores aquellos que se lanzan al viento mientras se siegan las mieses ya maduras. Podríamos tirar por aquí un buen rato, pero lo dejaremos para otra ocasión. Estamos en tiempo de mies, en tiempo de siega; por San Juan y San Pedro comenzaba el duro trabajo de segar a hoz primero, a guadaña después… y ahora es coser y cantar, y hasta las cosechadoras por tecnología tienen las cabinas cerradas y aire acondicionado. Algunos de nuestros mayores, aún recordarán a los segadores y segadoras puestos en fila india para que les contrataran los capataces y agricultores grandes en los soportales de nuestros pueblos; aunque casi siempre se cerraba el trato de un año para otro. Hombres y mujeres que hacían sus propias cuadrillas de hasta ocho o más y que se repartían las labores como mejor a cada uno de ellos se le diera el trabajo. Así unos segaban de maravilla, mientras otros menos fuertes hacían las gavillas o haces y cargaban los carros. 

Cuadrilla de segadores a hoz posando en estudio de fotografía. 
Primeros años del siglo XX o:p>

La siega que antes se hacía a mano, enfrentando al agricultor al rigor de la temperatura veraniega, con un sol de justicia, comenzaba a partir de finales de junio y podía durar hasta bien entrado el mes de agosto, dependiendo del año. Primero se segaban las cebadas; después, trigos y centenos, y lo último las avenas. La jornada comenzaba muy pronto, con el cantar de los gallos, casi sin tiempo de lavarse la cara. Los primeros en levantarse, los cabezas de familia, para preparar el hatillo; los últimos, los más pequeños, que había que llevárselos si no había alguien que se quedara a su cuidado, liados en una "manta" y todavía durmiendo. El hatillo lo formaban tarteras y potas si llevaban la comida hecha; saquillos de tela con el pan y alguna vianda, un botijo para el agua, la bota del vino, cucharas de madera, y la navaja siempre en el bolsillo. Si el modo de transporte era el carro, todo se metía en un cajón de madera; si lo hacían en burro o mula, en alforjas, y si se iba caminando, se llevaba el zurrón. A las caballerías se les ponía paja y pienso en los pesebres, y al carro, si no se había "untado" por la noche, se procedía a hacerlo colocando unos trozos de tocino rancio entre el eje y la "manguilla" de las ruedas a modo de cuña, levantando, sacando la clavija y tirando de la rueda un poquito para afuera. Las hoces se llevaban forradas con tiras de trapo para protegerlas y protegerse de ellas. Eran de dos tipos: la hoz de dientes para los pequeños y las mujeres y la hoz gallega para los hombres.

Hoces, zoquetas y segadoras de nuestros pueblos.
 
La zoqueta era una pieza de madera que protegía la mano: se metían en ella los dedos meñiques, corazón y anular y quedaban fuera el índice y el pulgar. Iba atada a la muñeca. Así, en una mano la hoz y en otra la zoqueta, todo el día encorvado, manojo a manojo, se iban dejando en el suelo las gavillas. Quedaban en un orden determinado, según el tajo que se llevara. El rastrojo había que dejarlo corto y escaso de espigas en el suelo. Para guarecerse del sol se ponían grandes sombreros de paja, por encima del pañuelo de hierbas anudado a la cabeza. Las segadoras, para conservar la piel blanca, que entonces era tremendamente valorado, iban cubiertas de arriba a abajo con pantalones y con sayas, y se colocaban un pañuelo debajo del sombrero, doblado por la frente y por la barbilla y atado por detrás del cuello. Solamente se les veían los ojos y raramente la nariz. A media mañana, para reponer fuerzas, se hacía un alto en la siega para abrir los hatillos y tomar el almuerzo. Más adelante, un receso para beber agua, secarse el sudor y descansar unos minutos. Y cerca del mediodía, una vez que se había segado otro rato, se tomaba el guiso que las mujeres habían preparado, todo en un ambiente de sofocante calor, pues el sol quemaba, y el aire estaba ausente. La bota de vino no faltaba, incluso se bebía entre comidas para refrescar la boca, primero un trago de vino, después otro del botijo; ambos se metían en un hoyo arropados con una manta, con el fin de que guardaran el frescor. 

Pequeña siesta a la sombra del carro.

Después de una incómoda y corta siesta, con la tierra ardiendo y el sol tan vertical que el propio cuerpo no hacía ni sombra, vuelta al tajo, merienda, siega de los últimos surcos y recogida del hatillo hasta el día siguiente. Si el calor era malo, peor eran las tormentas. Si habían respetado la cosecha, el peligro, aunque menor, no desaparecía hasta que el grano no estuviera guardado y la paja en los pajares. Cuando aparecía un nublado de mal presagio, se rezaba a Santa Bárbara y se tiraban piedras en todas las direcciones para alejarlo. Estas piedras se recogían en Semana Santa, el Sábado Santo, cuando tocaban a Gloria. Atar era labor de hombres, ayudados por algún chiquillo que iba dando gavillas hasta completar la morena. Para el atado se utilizaba paja de centeno del año anterior, previamente remojada para darle la flexibilidad necesaria; eso en algunas partes, en otras no se ataba y se amontonaba la mies de la manera de que si había tormenta no se desgranara. Los haces o gavillas quedaban así listas para el acarreo hacia las eras, donde se descargaban y hacinaban en espera de la trilla. El andar por los caminos era un verdadero tira y afloja con las caballerías, con grave peligro de volcar, que de producirse, provocaba también el de los animales.
 
Segadora-gavilladora, mecánica de tracción 
animal en plena faena (Julio de 1945)

El riesgo que tenían las mulas o las vacas de lesionarse en el forcejeo era casi inevitable. Y también el de las personas que intentaban desengancharlas, que se exponían a recibir una coz y quedar malparadas. Si una mula o vaca quedaba lisiada era una tragedia, pues la adquisición de un animal suponía un gasto inalcanzable para muchas familias o el endeudamiento para varios años. Las eras, por lo general estaban siempre a las afueras de las últimas casas del pueblo. Para trillar se buscaban días secos. Se tendían los haces en la era, y con horcas se extendían para formar la parva. A las caballerías se les ponía el collarón, y con unas sogas se ataban a los extremos del balancín, al que se enganchaba el trillo. El trillo lo componían unos tablones ensamblados de madera bastante fuerte, con la parte delantera más elevada en forma de rudimentario trineo. Llevaban los trillos en la parte de abajo muchas piedras de pedernal clavadas en la madera, que al pasar y pasar sobre las mieses las iba troceando.

Hombre cabruñando la guadaña en 1915.

Cada cierto tiempo había que darle la vuelta a la parva para que la mies que estaba debajo pasase a arriba y pudiese ser cortada por el trillo. Esta operación se hacía las primeras veces con la horca; luego se empleaba la pala para poder sacar arriba las espigas que se quedaban pegadas al suelo. Había también unas barras de hierro curvadas que se acoplaban al trillo en la parte de atrás, las tornaderas, que realizaban esta función mecánicamente. Solo quedaba barrer para que no quedase nada de grano sobre la era. Y en el mismo espacio, una vez vacío, se extendía una nueva parva. Aventar… suponía separar el grano de la paja con mucho esfuerzo y la ayuda del viento. 

Segadores a  guadaña en Manzaneda de Omaña en Junio del año 1972.
Foto de Marilin del foro de Manzaneda de Omaña.

Con la horca y al final con la pala se lanzaba hacia arriba la parva. El viento, entonces, hacía su función: llevaba la paja unos metros, pero dejaba el grano. La regularidad en la fuerza del viento y la experiencia de los "aventadores", contribuían a poder hacerlo bien. Por el contrario, un viento racheado o cambios de dirección, provocaban que todo se volviera a mezclar. La última operación consistía en cribar el grano para que quedase totalmente limpio. Los residuos mezclados de paja larga y gruesa, espiga, grano sin descascarillar, etc., que quedaban, las "granzas", se utilizaban para alimentar a las gallinas. Cuando se segaban las mieses con hoz y a mano, y se recogían con horcas o purrideras los haces para cargarlos en carros, quedaban muchas espigas caídas en los surcos, que para mucha gente humilde de entonces, al igual que ocurría con los rebuscadores en la vendimia, podía ser la ocasión de ganarse algo de dinero. Sobre todo mujeres, chiquillos, y gente mayor, salían a los rastrojos para espigar. Era una mísera faena que hoy ha quedado olvidada. Servía lo recogido para alimentar el cerdo o las gallinas, asegurándose así la matanza o los huevos para todo el año, o, las más de las veces, se llevaba el grano al molino y luego al panadero, y se hacía “el canje”, tanto de harina, tanto de pan. Ya no hay espigadoras; solo queda el recuerdo en el famoso cuadro del francés Jean-Francois Millet. “ ¡Mi madre me da de palos porque quiero a un segador… y al son de los palos digo… ¡ay! que me muero de amor!”

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