jueves, 23 de febrero de 2017

NOTICIA: Carnaval berciano

TRADICIONES Y LEYENDAS. Como nota ancestral y primigenia, respecto al origen y génesis de este evento esencial del calendario agrario, conviene resaltar que se asociaba íntimamente al 'entretiempo' entre el invierno y la primavera.

Los caranavales ya comienzan a llamar a la puerta y siempre
 son un punto de encuentro en la comarca con sus peculiaridades. | ICAL
Marcelino B. Taboada | 19/02/2017
El vocablo - en su acepción latina - se plasma en el término ‘introitus’, el cual iría derivando y modificándose en una lenta y casi insensible evolución histórica: entroito o entróïdo, entroido o antroido, antruejo… Por otro lado, cabe destacar la influencia de la religión cristiana en tal acontecimiento pagano. En este terreno especial, hay que convenir que la expresión ‘carne levare’ o domingo de ‘carnestolendas’ representan el sentido específico de la palabra. ‘Levare’ y ‘tolere’ se fueron entendiendo como abandonar, prepararse para la abstinencia, eliminar u olvidarse… de la carne. En consecuencia, tomando como punto de partida los ritmos establecidos por la liturgia y una vez próximos al remate del Tiempo Ordinario y al advenimiento de la Cuaresma (etapa de privación, cierto sacrificio y recogimiento), se apuraban los momentos en que era permitida o disculpada la práctica de vicios, leves maldades o intercambio y asunción de roles y papeles nada habituales. En la enumeración simplemente ilustrativa de los apuntes que son diferenciales en el Carnaval de nuestra comarca y su área de influencia o contacto, conviene referirse previamente a una costumbre añeja y particular: las ‘trasnadas o trastadas’. Su producción y el recurso a esta institución costumbrista-festiva no se reduce exclusivamente a la etapa carnavalesca, aunque aquí se emplea con probidad. Se utilizaban estas bromas, más o menos elaboradas y agresivas, en la Noche de San Juan, en las fiestas patronales o locales y en momentos especialmente importantes y jubilosos: con ocasión de una boda, banquete extraordinario y/ o incluso en señal de agradecimiento por los dones espirituales o divinos otorgados a la comunidad (excelentes cosechas, episodios de prosperidad sin par,…). Asimismo, en el Bierzo Alto, se señalan detalles particulares de las ‘trasnadas’ en el transcurso de la Semana Santa y, con un inusual énfasis, durante la víspera del Domingo de Pascua.


El Zafarrón
Estos exponentes habituales se decaban, como es coherente, a inventar toda una serie de ‘zafarronadas’ con las que obsequiaban a la concurrencia en general. Se concretaba tal figura en un mozo cualquiera, si bien ataviado de modo estrafalario e irreconocible. Se servía con tal propósito de pieles, con las que se cubría de tal manera que únicamente se le veían los ojos y la boca. La piel era, por imperativo tradicional, de cabrito. Calzaba abarcas o escarpines con el fin de ganar en ligereza y relativa elegancia “glamurosa”. Iba bien provisto y abastecido gracias a un costal de harina, ya que debía perseguir sobre todo a las mujeres al objeto de arrojarles el albo polvo harinoso.


Los Zarramacos de Noceda
Cuenta Manuel Cuenya con suficiencia de puntualizaciones que, en su pueblo, los mozos y las mozas (ambos, sin distinción) se vestían con ropajes esfarrapados, vetustos y con retales o tejidos «esfalamandrados». Se concitaban y, una vez reunidos y agrupados, se dirigían a «picar en las puertas» demandando de sus moradores las monedas «sobrantes» y el metálico que su buena voluntad les incitara a entregar. Esa recaudación, recontada, era distribuida equitativamente.


La Vaca-Toro
Este engendro «hermafrodita» se hallaba constituido por un ser animalesco, mezcla de macho y hembra. Su parte anterior se asimilaba a la vaca, y la mitad posterior al toro. Su función o tarea se sustanciaba en embestir y animar el espectáculo colectivo.


‘Diaño’ do Entroido
Este elemento axial y peculiar se había prácticamente perdido en la modernidad en la que nos encontramos, aunque su memoria permanezca y se esté intentando rescatar (en la capital berciana). Era un ‘pelele’ u hombre representativo de poco valor y coraje, pusilánime, que se ‘adecentaba’ con unas vestimentas irrisorias y jocosas, ante el jolgorio vecinal. Se le proporcionaban los postreros retoques y se le aupaba ‘a lomos de un asno’. El común de los congregados lo acompañaba, propinándole chanzas, mofas y burla abundantes, a través de las calles principales del núcleo poblacional correspondiente.

Otra peculiaridad costumbrista incluida entre la programación a desarrollar en el conjunto de manifestaciones, en trance de desaparecer, es la casi ya olvidada «batalla de hortalizas y verduras». Nuestra comarca, debido a su situación geográfica, ha recibido a lo largo de los siglos influencias y aportaciones numerosas de zonas vecinas, que se manifestaron ampliamente en la concepción carnavalesca. Por ello, a pesar de que el nacionalcatolicismo del régimen dictatorial puso un empeño sorprendente en erradicar componentes que lo definían, sus esfuerzos se revelaron más bien baldíos aunque también alcanzaran una dosis de intimidación y reducción apreciable de comportamientos escandalosos. Por ejemplo, se emplearon con contundencia en contra de los excesos en los asaltos de los campaneiros a las espadañas de los templos en localidades cabreiresas, logrando finalmente un éxito limitado y mediante el acuerdo y aquiescencia de los participantes.

En el capítulo de los personajes, identificativos de lo variopinto e imaginativo de los atuendos empleados y presentes en muchas y distintas localidades, es indispensable enumerar los maranfallos de Burbia, la pedigalla de Oencia, las fachas de Sobrado o la zamarronada de dos áreas próximas (Babia y Laciana) y un largo etcétera.


Carnaval Bierzo Oeste-Ancares
Exponente de una constante histórica es la conservación en Oencia del reconocido «palo del entroido». Era la representación de un espantajo, compuesto por un palo en lo alto del cual se acondicionaba - con diferentes trapos y aditamentos viejos de vestuario o harapos - el «entroido». Tras ser objeto de escarnio y desprecios, era quemado ante el regocijo compartido y generalizado.

En la localidad ancaresa de Burbia, todavía en tiempos cercanos, se observaban vestigios de cultura rural en este terreno tradicional. Los «maranfallos» se distinguían por ir ataviados con un disfraz o máscara privativa del lugar, horrenda en su expresión suma y de rasgos diabólicos o demoníacos, y cuya pretensión se dirigía a asustar a los más jóvenes y desprevenidos. Corrían por todos los viales de la población, lanzaban cenizas al resto de participantes, se servían del «bragallo» (testículos del cerdo sacrificado en la reciente «matanza» ritual) y, con palos y zarzas a título de amenaza, inferían miedo atávico a sus vecinos. Además, se menciona en este preciso lugar otro actor o personaje genuino: ‘el boy’. Este intentaba parodiar la ‘suelta’ de un buey. Durante los acotados días en que este protagonista realizaba su actuación, las gentes se recluían en sus hogares para narrar historias o hechos extraordinarios o fantásticos (a semejanza de ciertos ‘filandones’, relativos a creencias o cuentos anecdóticos de temática mágica y pagana). 

En la capital del Bierzo, Ponferrada, se ha querido asimismo recuperar parcialmente una de esta clase de figuras simbólicas y vulgares (a partir del análisis que, basado en las especificaciones aportadas por el escritor ‘racial’ cacabelense Antonio Fernández y Morales, se ha logrado desgranar y adoptar) y se viene elaborando (a partir de entonces) un muñeco que, montado en su indispensable borrico, es paseado y luego se procede - como colofón, al término del espectáculo festivo, descarnado e irreverente – a incinerarlo con la ayuda de las antorchas o «fachos», previstos anticipadamente a tal efecto. Este se convertirá en el noveno año o edición en que se lleve a cabo la reproducción de esta interpretación de cariz consuetudinario.

Respecto al citado autor literario berciano, se ha de constatar la existencia en uno de sus poemas (O Entróido) de un relato inconfundible y admirable, conteniendo las orientaciones e indicaciones carnavalescas y descriptivas mejor relatadas (ya que estas identificaban pormenorizadamente a los intervinientes más destacados): seres que se regocijaban con el ruido de las carracas y otros instrumentos de uso similar, que se acondicionaban mediante unos cuernos de buey en su testuz, que se envolvían a la manera de mendigos andrajosos y harapientos y, sobre todo, que tenían vocación de transformarse en demonios (diablos o ‘diaños’) pintándose el rostro con colores llamativos, estridentes y estrambóticos, a menudo el rojo intenso y/o sanguinolento.


En Cabrera
En su entorno geográfico peculiar, aislada en otro tiempo, estaba vigente una costumbre que – en su exaltación rústica e irreverente, en sumo grado – sufrió el rechazo y condena de las dignidades eclesiásticas.
Los ‘campaneiros’, no obstante, eran tolerados y aceptados (por ejemplo, en el pueblo de La Cuesta, de la municipalidad de Truchas).

En cambio, en la comunidad establecida en Villar del Monte, se empleaban máscaras metálicas (lo que generaba algunas protestas). Mayor era la reticencia religiosa con los que se apodaban ‘trapisacos’: su falta de control (anomia) alcanzó cotas ‘peligrosas’, puesto que se tapaban hasta incluso la cara por completo, se cubrían con las peores vestimentas y utilizaban una multitud de harapos inhabituales. Algunos, para más inri, se colocaban caretas y cuernos y, a la vez que acompañaban a los citados ‘campaneiros’, se colgaban campañas pequeñas, cencerros o ‘chocas’.


Farramacos en Toreno
Estos sujetos, que eran típicos de esta Villa ribereña del Sil, se distinguían por servirse de los trapos y harapos más deslucidos y raídos, buscados en los ajuares contenidos en los baúles del recuerdo. Con estos hábitos, las gentes torenienses daban la bienvenida o impulso al período de euforia y desbarajuste que suponía el período carnavalero. La faz de los «famarracos» era acicalada profusamente con el hollín al uso. Era, en otros tiempos no lejanos, frecuente contemplar además una exhibición de todas estas variedades vestimentarias atrasadas, roídas o ajadas en algunos alpendres, cobertizos o corrales de la población (como decorado en aquellos días dedicados a don Carnal).


Otros protagonistas
Los acontecimientos que definen el Carnaval muestran nítidamente unas raíces rurales y populares indiscutibles, tanto por lo que respecta a los materiales empleados en la confección de las figuras, máscaras, muñecos, caracterizaciones, imágenes… como en la creación y adjudicación de los papeles desempeñados por los individuos y resto de elementos acondicionados para la ocasión. No obstante, en el fondo es perceptible y comprobable, en su conjunto, la confluencia de otros factores religiosos y de filosofía mundana en mayor o menor grado (con una constante alusión o visión - a modo de metáfora - al tiempo agrícola, cíclico y meteorológico repetitivo). Es de pensar que sería preciso y aconsejable, ciertamente, la implementación futura de un trabajo provechoso: la realización de una recopilación que contemple estas singularidades.


Curiosidades
En Santibáñez del Toral - pedanía de Bembibre - el enmascarado o caracterizado que disponía de la habilidad de no ser reconocido, en su itinerario o recorrido por las casas de sus convecinos, tenía que ser alojado (de la misma forma que se agasajaba a un huésped) en la vivienda correspondiente (por la impericia o descuido cometido). 
En Vega de Valcarce todavía se refiere o comenta el hecho, reciente en el recuerdo, de perseguir a los visitantes, turistas (o, tal vez, peregrinos) que osaran no aceptar la regla obligatoria de ‘vestirse’ adecuadamente. En tal sentido, eran obsequiados con un tizne de su semblante o se les ‘incluía’ en la juerg lanzándoles cualquier material sucio.

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