miércoles, 22 de marzo de 2017

PIEZA DEL MES: MARZO 2017

“SIERRA DE BALLESTA O DE SAN JOSÉ. De los dioses a los hombres”.

Investigador: D. Joaquin García Nistal.
Doctor en Historia del Arte.

Domingo, 26 de marzo de 2017
17:30.
Área 19. Planta Primera. La madera.
Museo Etnográfico Provincial de León. Mansilla de las Mulas.
Actividad Gratuita


El Museo Etnográfico Provincial de León perteneciente a la Diputación de León, en su programa de Actividad “Pieza del Mes”, ha programado para este mes de marzo la disertación sobre una de las piezas que, aunque humilde, ha sido funcionalmente esencial para la economía preindustrial. Se trata de la sierra de bastidor, más conocida popularmente con el nombre de sierra de San José. En esta ocasión será D. Joaquín García Nistal, Doctor en Historia del Arte y profesor de la universidad de León, autor de varios libros y artículos sobre la carpintería de lo blanco en León y especialista en carpintería histórica, quien nos hable sobre los orígenes, principales usos y la repercusión iconográfica de esta herramienta tan familiar como desconocida.

El título de la conferencia titulada Sierra de bastidor o sierra de San José: de los dioses a los hombres, responde a la ancestral vinculación que ha tenido este útil tanto con lo mitológico como lo religioso, hasta el punto de que su origen se situó en el mundo habitado por los dioses y héroes de la mitología griega y ya durante la Edad Media adoptó el nombre del santo patrón de los carpinteros y padre putativo del mismísimo hijo de Dios.

Para que la madera, uno de los materiales predilectos por el hombre a lo largo de todos los tiempos, elegido a la hora de realizar trabajos de todo tipo, se transformase en el objeto deseado era necesario un proceso en el que la sierra se antojó como utensilio imprescindible. Muchos fueron los tipos de carpinteros y las labores de carpintería que aparecieron en la Historia, pero todos, sin excepción, tuvieron que emplear esta herramienta para el desempeño de sus tareas y el buen resultado de las mismas.

Con la finalidad de valorar el pasado, presente y futuro de dicha herramienta de transformación, y su evolución en la panoplia de las ya electrificadas de utensilios que marcas anglosajonas como Bosch o las nominadas Black&Decker han llenado cuartos y garajes familiares o hayan transformado las más profesionales, esa sociedad preindustrial en un mundo económico paralelo no ya al industrial sino al de la “sociedad de la información”, el Museo Etnográfico Provincial de León echa de nuevo el freno al pulso vital, para conocer y valorar su impacto, a través de la pieza del mes de marzo, en la que la sierra de bastidor nos recuerda su plena vigencia y lo que a partir de ella, pudo transformarse la materia prima y con ello el hombre, la comunidad y sus necesidades económicas, sociales e incluso culturales.

viernes, 17 de marzo de 2017

COLABORACIÓN: LAS OLLAS DE LA SOBREVIVENCIA…

Aquel lomo y chorizo, aquella costilla, y todo conservado en manteca de cerdo en ollas de barro.

La de chorizos, costilla, y lomos en manteca 
que ha guardado durante generaciones.
 Autor: Toño Morala
Aquí sí que había que hilar fino; la marca de los dedos de la mano en la olla dejaba rastro. Las madres y abuelas lo notaban al momento. Se reían, pero cuidado que al poco te lanzaban una mirada de aquí te espero. Los más nuevos venidos de los pueblos y criados en ellos se acuerdan perfectamente de las ollas de barro repletas de chorizos y lomo frito y conservados en manteca de cerdo con boca ancha y tapa de trapo y cuerda para que los bichos y otros trotamundos de cuatro patas no anduvieran en ellas. Guarecidas en las bodegas o debajo de las escaleras de las casas, las ollas de la sobrevivencia guardaban el tesoro para ayudar a sobrellevar el duro trabajo del verano. Sin alimento apropiado, el trabajo se ponía de rodillas y costaba mucho esfuerzo sacarlo adelante; unas buenas viandas llevadas al campo y a tirar de hoz, hacer gavillas, tirar de horca purridera, trillar a la orilla del sol alto, o limpiar con aquellas máquinas de volante, la beldadora… y a casa a lavarse el polvo y el cansancio, meter el botijo al fresco, y sacar de la olla unos choricines, algo de lomo… y si había huevos de sobra, pues un par de ellos y a tirar de pan de urmiento, la jarra de vino… e ibas recuperando fuerzas y sonrisas según iban entrando los buenos alimentos conservados para este buen fin. 

Ahí dentro se conservaba la matanza de maravilla.

Estas cosas, parecen que tienen un ritmo natural y parece a su vez que todo es simple y sencillo, todo como masticado (y nunca mejor dicho) y realizado a través de la experiencia de los antepasados, y dentro de ese calendario estacional que todo lo regula y pone en su sitio. Imagino que de fácil nada de nada, imagino que las necesidades abundaron, y que además servían para darle vueltas a la cabeza para intentar llevar a buen término la vida. Desde la matanza del cerdo allá por San Martín, hasta la ingesta de aquellos buenos alimentos conservados en las ollas de barro y cubiertas hasta la tapa con manteca de cerdo, la misma con la que se cocinaba y se freían el lomo, los chorizos y otros añadidos que en algunos sitios, también metían, como costillas y algunos espinazos carnosos. Quién no recuerda aquellas costillas en manteca con patatas guisadas… quién no recuerda la espera del paso del invierno en las casas con frío y mucha dignidad, comiendo los huesos con fréjoles o garbanzos. Las ollas solo se tocaban a partir del final de la primavera y verano. Y tampoco había que retrasar mucho la ingesta de esos buenos alimentos conservados en las ollas, pues era fácil que se pusieran rancios, así y todo, nada se tiraba; algo rancios también entraban de maravilla en aquella forma de alimentación más sana y natural. 

Una  buena mezcla de lomo y chorizo  después
 de sacar de la olla de barro.

La historia de la conservación de parte de la matanza en las ollas de barro con manteca, viene de la mano de algunos estudiosos que le echan la culpa a los romanos… La manteca. Todas las grasas blandas de depósito orgánico de la canal se reúnen y se someten a fundido en una olla grande y con mucha candela. Mientras se funden, se retiran los restos no grasos que contienen (chicharrones) que se reservaban para otros usos, en especial para elaborar tortas. La grasa líquida se colocaba en ollas de barro o tinajas; o incluso en la vejiga del cerdo bien limpia si se había guardado, y se dejaba solidificar, a enfriar para su uso posterior. Cuando se utilizaba para la elaboración de otros productos o de la conserva, debía permanecer fundida hasta su uso. Se aprovechaba también para derretir la manteca que luego se guardaba en ollas, para usarla a lo largo del año. En más de una ocasión, esta manteca untada en el pan, y con azúcar, servía de merienda para los más pequeños… y algún que otro adulto. La manteca era muy apreciada para cocinar y para repostería, pero ante todo se usaba para conservar otros productos de la matanza, como ya se ha dicho al hablar de la conserva de lomo, chorizo, costilla y otras partes del cerdo. La elaboración de esta conserva es muy fácil y sencilla de hacer; después de secados los chorizos durante unos días en los varales, se separan uno a uno y se fríen en manteca de cerdo, las abuelas suelen hacer vuelta y vuelta, algunas también los metían sin freir… y se van colocando con sumo cuidado alrededor de la olla de barro, y entremedias, o bien el aceite de manteca, o bien manteca mas solidificada. 

Lomo en manteca, recién sacado de la olla.

-“¡Cuidado con las tinajas! que me vais a romper alguna”, se alteraba la abuela al observar el nerviosismo que tenían los nietos aquella tarde. En el centro del fuego la trébede y sobre ella está la sartén grande, mientras, la abuela aviva el fuego con algo más de leña, pero el paladar de los más pequeños no puede resistir ni un minuto más sin degustar las primeras rodajas de chorizo, por eso, la madre les ha tenido que cortar unas rodajas de la primera corra que ha pillado. Coloca las rodajas sobre el plato de porcelana y se las deja a los chavales sobre la mesa de madera de la cocina; no ha terminado la madre de apoyar el plato sobre la mesa, cuando ve con asombro que en él no ha quedado ni una sola rodaja de chorizo, -“¡estos tragones serían capaces de acabar con todos los chorizos el primer día!”-, comenta la abuela atónita por el carisma que están tomando los acontecimientos. Pero si el chorizo está exquisito de bueno, no quiero hablar del lomo, ese delicado sabor del lomo en el momento de echar en adobo, es el mejor bocado de cuantos se pueden comer por estas tierras, quién no ha degustado un trocín de lomo mientras se corta para echarlo a la olla… ese momento le quedará grabado para siempre y no podrá borrarlo nunca de la memoria de su paladar… yo no he vuelto a degustar estas viandas que me hayan dejado tan inolvidable recuerdo… lo buenos que estaban aquellos productos en manteca. Lo primero que se fríe es el lomo, media vuelta en la sartén de hierro… solo para que cambie el color, y al barreño para que se enfríe antes de colocarlo ordenadamente en la olla. Después del lomo vienen las costillas, y lo último el chorizo, para que no se mezcle su sabor en el aceite; primero los blancos y los últimos los rojos, los que tienen pimentón, eso si la olla de barro era muy grande; generalmente había más ollas que lomos y chorizos y se resolvía la cuestión metiendo los embutidos en una olla y no mezclando sabores.

Lomo frito enfriando para meter en las ollas con manteca.
Y qué me pueden contar cuando los mozos iban a la mili, y las abuelas y madres, les metían bien envueltos en papel de estraza y de periódico, aquellos chorizos y otras viandas para el viaje en el tren y para los primeros días del campamento… la de hambre que quitaron aquellos manjares… y no hablemos de aquellos hombres y mujeres de la mina, que en la parte de atrás de la bicicleta (el que la tenía) llevaban aquella cesta de mimbre con cierre de aldabilla metálica de vuelta y media, y que dentro, aparte de la fiambrera con el puchero, casi siempre había algo de cortar con la navaja de herrero, y el cuartillo de vino para acompañar. Tiempos de manteca de cerdo para curar también las manos ajadas por el duro trabajo y el frío. Parece ser que ahora las ollas de la sobrevivencia las llenan de flores en los jardines del olvido. Y recuerden que… con viandas ajenas, no cuesta dar cenas, ni meriendas…
Lomo en manteca fría en rebanada de pan de hogaza, de urmiento.

domingo, 5 de marzo de 2017

EXPOSICIÓN TEMPORAL

CASTILLA Y LEÓN EN EL ARCHIVO DE CARVAJAL
Museo Etnográfico Provincial de León.

DÍAS: 9 marzo – 16 abril
INAUGURACIÓN: jueves, 9 de marzo, 12 h.
LUGAR: Museo Etnográfico Provincial de León. Mansilla de las Mulas.


La Diputación de León a través del Museo Etnográfico Provincial de León, programa para los meses de marzo y abril la Exposición Temporal Itinerante denominada Castilla y León en el archivo de Carvajal que promueve la Dirección General de Políticas Culturales de la Junta de Castilla y León a través de la Delegación Territorial de Cultura de León.

La exposición ha sido producida por la Junta de Castilla y León y actualmente itinera dentro del Programa Regional denominado “Exposiciones Alacarta”, que se está ejecutando desde octubre de 2012. El objetivo de la iniciativa es doble, por una parte promocionar a los artistas visuales y, por otra, apoyar a los diferentes centros expositivos de Castilla y León mediante la colaboración con diferentes administraciones. En este trimestre ha llegado a la Delegación Territorial de León con la gestión del Servicio Territorial de Cultura de dicha Delegación, y durante los meses de marzo y abril se exhibirá en la sede del Museo Etnográfico Provincial de León en Mansilla de las Mulas, estando prevista su inauguración para la mañana del jueves 9 de marzo a las 12:00 h.

El archivo de Carvajal está compuesto por negativos originales de diversos integrantes de la saga familiar, con más de 280.000 imágenes, custodiado en depósito por la Filmoteca Regional de Castilla y León, adquirido en su día por Caja España. En el centro salmantino se ha ido procediendo a su duplicado, catalogación y estudio, así como a su difusión a través de exposiciones como la que llega ahora al Museo Etnográfico Provincial de León. 

Primitivo Carvajal (1886-1953), originario de Lanseros (Zamora), se trasladó a Valladolid a los veintidós años y acabó encontrando en la fotografía su auténtica vocación y su profesión definitiva, a partir de los años veinte del pasado siglo siendo su formación prácticamente autodidacta. 

La Exposición Temporal “Castilla y León en el Archivo de Carvajal”, que se puede ver en el Museo Etnográfico Provincial de León, y con la que en esta ocasión se da continuidad a este ciclo, está compuesta por un conjunto de 80 fotografías. Es una excelente ocasión para acercarse a contemplar no solo imágenes de monumentos civiles y religiosos, sino también escenas de la vida cotidiana, tipos populares y magníficos retratos. 

viernes, 3 de marzo de 2017

EDITORIAL: Los antruejos se pasearon por las calles de León

El martes día 28 de febrero recorrieron  las calles de León los tradicionales antruejos venidos de toda la provincia. Así se pudo ver a los Zafarrones de Omaña, los Zamarrones de Riaño, los Guirrios de Velilla de la Reina, los de Cimanes del Tejar o los de Carrizo de la Ribera. También estuvieron en este entroido los Jurrus y Castrones de Alija del Infantado, los antruejos de Alija de la Ribera y del Bierzo así como los Campaneiros de La Cabrera.


























viernes, 24 de febrero de 2017

NOTICIA: Música sin edad

La música tradicional entendida como un todo en el que no sólo las notas son lo importante, también las historias, anécdotas y costumbres de antaño y los músicos de raíz. Los Pamplinas revalorizan la tradición musical y devuelven al presente lo que caracterizó a generaciones pasadas; una riqueza que debe pervivir. Son trovadores 2.0

Los Pamplinas
MARÍA CARRO
Las pamplinas son unas plantas de flores blancas que crecen en zonas húmedas, como los regatos tan de aquí por los que discurre el agua pura, y Los Pamplinas es un grupo de música tradicional berciano que ha tomado el nombre de las mismas porque su música, como ellas, es fresca y con raíces. La música de antaño con la estética de entonces traída al presente a través del sonido de instrumentos como la flauta y el tambor, la pandereta, la gaita y la caja y, desde luego, de la voz de Denise Silva, Diego Segura y Diego Bello. Ellos dan forma a un grupo que ha decidido hacer de la tradición una fórmula de éxito, entremezclando con las canciones antiguas historias y vivencias propias del rural berciano y de las comarcas limítrofes y convirtiéndose en trovadores 2.0. 

«Tocamos, cantamos y contamos lo que decenas de mayores nos han enseñado», explica Diego Bello. Abuelos, abuelas, tamboriteros, pandereteras, gaiteros y percursionistas son sus fuentes de inspiración y las personas a las que quieren homenajear. Y no hay mejor forma de hacerlo que impidiendo que muera aquello que les identifica. Para ello, viajan en el tiempo con el público, contando andanzas y tradiciones que siempre están ligadas a una canción; así como las anécdotas que han reunido en el escrupuloso trabajo de campo realizado para poder dar forma a un producto novedoso que, y ahí está la paradoja, vende lo antiguo. 

También repasan las costumbres, como la de poner una mariquita —coquín de Dios o Papasol— en los dedos para que los contara y después de contarlos echara a volar. Eso sí, había que decir antes las palabras adecuadas: «Mariquita de Dios, cuéntame los dedos y vuela para Dios». Palabras como cantares, que había para todo, desde para conjurar las tormentas, hasta para meterse con los del barrio vecino.

Algunos de los músicos de los que Los Pamplinas hablan en sus actuaciones han sido elevados a la categoría de leyenda, como Antonio García, tamboritero de Noceda, e Isidro Álvarez, gaiteiro de Soutelo. De Isidro recuerdan que «cuando salía a tocar por la mañana la alborada, con aquella gaita que le habían traído de Cuba, se le sentía desde Cela, a pesar de haber varios kilómetros y valles de distancia». De Antonio cuentan, reproduciendo lo que se dice en la zona, que «murió de silicosis a pesar de no haber trabajado en la mina. Enfermó de respirar el polvo que se levantaba en los bailes por los corrales en los que tocaba la flauta».

Historias de ayer, de hoy y de siempre que gracias a iniciativas como la de Los Pamplinas llegan a las generaciones presentes y músicos imprescindibles y mayoritariamente anónimos que se mantienen vivos en la memoria, como Adelino, de Peñalba de Santiago, que tocaba la flauta y el tambor y tocaba una llamada para el baile; o Socorro González, panderetera de Villar de Acero y Emilio Díaz que, en el mismo pueblo, tocaba la gaita y formó parte de Los Gutiérrez y Los Jilgueros. También Retundo, de San Andrés de las Puentes, que tocaba el tambor al que tenía adosado un platillo y la flauta con la nariz.
Orense, Zamora, Cáceres y, por supuesto, diferentes y múltiples poblaciones de la provincia de León han acogido en el último año la propuesta nueva, atrevida y versátil de Los Pamplinas, que trabajan en la preparación de su primer trabajo discográfico, que verá la luz antes del verano. Porque revalorizan lo viejo sin perder la perspectiva de los tiempos que corren y son conscientes de que las herramientas que ofrece el presente, como las redes sociales, resultan cruciales para acercar lo de antes —las formaciones tradicionales pequeñas que amenizaban los pasacalles, las alboradas, las dianas, las bodas y los bailes de las fiestas— a los de ahora. 

«Queremos hacer recordar a los más mayores contárselo a los más jóvenes. Trabajamos para mostrar nuestro repertorio tan atractivo como nos ha resultado a nosotros, porque tenemos mucho que cantar y tenemos mucho que contar. En las notas no está todo, ahí sólo va una parte. También está la vida de ese músico, dónde tocaba, por que tocaba, de quien lo aprendió y muchas costumbres y tradiciones que son un todo y que no se pueden entender por separado, separando la música del baile, de los quintos, de las bodas...», explica Bello.


La profesora de pandereta, música y baile tradicional Denise Silva; el constructor de instrumentos tradicionales y músico Diego Segura, y el gaitero y profesor de música tradicional Diego Bello dan forma a Los Pamplinas, un proyecto musical que
transforma las tradiciones en propuestas actuales y que forma parte de iniciativas
como #yocantoaguinaldos, Ponga un Tamboritero en su Fiesta o el blog Tocar Bajo Teito. LOS PAMPLINAS

Denise Silva

Diego Segura

Diego Bello

Los instrumentos de la música tradicional

La flauta y el tambor

El tamboritero es el músico que toca a la vez la flauta o chifla y el tambor para hacer la ronda, la alborada, la procesión o el baile. Acompañado a veces de las castañuelas, son de los instrumentos más representativos de varias comarcas de la provincia.

La pandereta o pandeira

Instrumento de construcción sencilla: un parche, un aro de madera y unas chapas en las sonajas, que en las manos adecuadas hacen el baile completo. A veces menospreciado, se trata de un instrumento con gran número de matices y riqueza en la interpretación, acompañando a la voz con la que forma un dúo perfecto.

La caja

El tamboritero es el músico que toca a la vez la flauta o chifla y el tambor para hacer la ronda, la alborada, la procesión o el baile. Acompañado a veces de las castañuelas, son de los instrumentos más representativos de varias comarcas de la provincia.

La gaita

De gran arraigo y tradición en el Oeste de la provincia. La mayoría tocaba en solitario, con percusión, y alguno en dúo con otro gaitero o un clarinete. Con el paso de los años, se integró en las nuevas orquestinas junto a otros como el acordeón o el saxo.

Las castañuelas

Utilizadas para bailes tradicionales del folclore español, las castañuelas son uno de los instrumentos identitarios de la música de este país, como la guitarra. Acompaña a la flauta y el tambor en numerosas interpretaciones y marca los pasos de quienes bailan la tradición. Existen variantes locales, pero todas son inconfundibles, como el sonido que hacen al tañer la madera de la que están hechas.

jueves, 23 de febrero de 2017

NOTICIA: Carnaval berciano

TRADICIONES Y LEYENDAS. Como nota ancestral y primigenia, respecto al origen y génesis de este evento esencial del calendario agrario, conviene resaltar que se asociaba íntimamente al 'entretiempo' entre el invierno y la primavera.

Los caranavales ya comienzan a llamar a la puerta y siempre
 son un punto de encuentro en la comarca con sus peculiaridades. | ICAL
Marcelino B. Taboada | 19/02/2017
El vocablo - en su acepción latina - se plasma en el término ‘introitus’, el cual iría derivando y modificándose en una lenta y casi insensible evolución histórica: entroito o entróïdo, entroido o antroido, antruejo… Por otro lado, cabe destacar la influencia de la religión cristiana en tal acontecimiento pagano. En este terreno especial, hay que convenir que la expresión ‘carne levare’ o domingo de ‘carnestolendas’ representan el sentido específico de la palabra. ‘Levare’ y ‘tolere’ se fueron entendiendo como abandonar, prepararse para la abstinencia, eliminar u olvidarse… de la carne. En consecuencia, tomando como punto de partida los ritmos establecidos por la liturgia y una vez próximos al remate del Tiempo Ordinario y al advenimiento de la Cuaresma (etapa de privación, cierto sacrificio y recogimiento), se apuraban los momentos en que era permitida o disculpada la práctica de vicios, leves maldades o intercambio y asunción de roles y papeles nada habituales. En la enumeración simplemente ilustrativa de los apuntes que son diferenciales en el Carnaval de nuestra comarca y su área de influencia o contacto, conviene referirse previamente a una costumbre añeja y particular: las ‘trasnadas o trastadas’. Su producción y el recurso a esta institución costumbrista-festiva no se reduce exclusivamente a la etapa carnavalesca, aunque aquí se emplea con probidad. Se utilizaban estas bromas, más o menos elaboradas y agresivas, en la Noche de San Juan, en las fiestas patronales o locales y en momentos especialmente importantes y jubilosos: con ocasión de una boda, banquete extraordinario y/ o incluso en señal de agradecimiento por los dones espirituales o divinos otorgados a la comunidad (excelentes cosechas, episodios de prosperidad sin par,…). Asimismo, en el Bierzo Alto, se señalan detalles particulares de las ‘trasnadas’ en el transcurso de la Semana Santa y, con un inusual énfasis, durante la víspera del Domingo de Pascua.


El Zafarrón
Estos exponentes habituales se decaban, como es coherente, a inventar toda una serie de ‘zafarronadas’ con las que obsequiaban a la concurrencia en general. Se concretaba tal figura en un mozo cualquiera, si bien ataviado de modo estrafalario e irreconocible. Se servía con tal propósito de pieles, con las que se cubría de tal manera que únicamente se le veían los ojos y la boca. La piel era, por imperativo tradicional, de cabrito. Calzaba abarcas o escarpines con el fin de ganar en ligereza y relativa elegancia “glamurosa”. Iba bien provisto y abastecido gracias a un costal de harina, ya que debía perseguir sobre todo a las mujeres al objeto de arrojarles el albo polvo harinoso.


Los Zarramacos de Noceda
Cuenta Manuel Cuenya con suficiencia de puntualizaciones que, en su pueblo, los mozos y las mozas (ambos, sin distinción) se vestían con ropajes esfarrapados, vetustos y con retales o tejidos «esfalamandrados». Se concitaban y, una vez reunidos y agrupados, se dirigían a «picar en las puertas» demandando de sus moradores las monedas «sobrantes» y el metálico que su buena voluntad les incitara a entregar. Esa recaudación, recontada, era distribuida equitativamente.


La Vaca-Toro
Este engendro «hermafrodita» se hallaba constituido por un ser animalesco, mezcla de macho y hembra. Su parte anterior se asimilaba a la vaca, y la mitad posterior al toro. Su función o tarea se sustanciaba en embestir y animar el espectáculo colectivo.


‘Diaño’ do Entroido
Este elemento axial y peculiar se había prácticamente perdido en la modernidad en la que nos encontramos, aunque su memoria permanezca y se esté intentando rescatar (en la capital berciana). Era un ‘pelele’ u hombre representativo de poco valor y coraje, pusilánime, que se ‘adecentaba’ con unas vestimentas irrisorias y jocosas, ante el jolgorio vecinal. Se le proporcionaban los postreros retoques y se le aupaba ‘a lomos de un asno’. El común de los congregados lo acompañaba, propinándole chanzas, mofas y burla abundantes, a través de las calles principales del núcleo poblacional correspondiente.

Otra peculiaridad costumbrista incluida entre la programación a desarrollar en el conjunto de manifestaciones, en trance de desaparecer, es la casi ya olvidada «batalla de hortalizas y verduras». Nuestra comarca, debido a su situación geográfica, ha recibido a lo largo de los siglos influencias y aportaciones numerosas de zonas vecinas, que se manifestaron ampliamente en la concepción carnavalesca. Por ello, a pesar de que el nacionalcatolicismo del régimen dictatorial puso un empeño sorprendente en erradicar componentes que lo definían, sus esfuerzos se revelaron más bien baldíos aunque también alcanzaran una dosis de intimidación y reducción apreciable de comportamientos escandalosos. Por ejemplo, se emplearon con contundencia en contra de los excesos en los asaltos de los campaneiros a las espadañas de los templos en localidades cabreiresas, logrando finalmente un éxito limitado y mediante el acuerdo y aquiescencia de los participantes.

En el capítulo de los personajes, identificativos de lo variopinto e imaginativo de los atuendos empleados y presentes en muchas y distintas localidades, es indispensable enumerar los maranfallos de Burbia, la pedigalla de Oencia, las fachas de Sobrado o la zamarronada de dos áreas próximas (Babia y Laciana) y un largo etcétera.


Carnaval Bierzo Oeste-Ancares
Exponente de una constante histórica es la conservación en Oencia del reconocido «palo del entroido». Era la representación de un espantajo, compuesto por un palo en lo alto del cual se acondicionaba - con diferentes trapos y aditamentos viejos de vestuario o harapos - el «entroido». Tras ser objeto de escarnio y desprecios, era quemado ante el regocijo compartido y generalizado.

En la localidad ancaresa de Burbia, todavía en tiempos cercanos, se observaban vestigios de cultura rural en este terreno tradicional. Los «maranfallos» se distinguían por ir ataviados con un disfraz o máscara privativa del lugar, horrenda en su expresión suma y de rasgos diabólicos o demoníacos, y cuya pretensión se dirigía a asustar a los más jóvenes y desprevenidos. Corrían por todos los viales de la población, lanzaban cenizas al resto de participantes, se servían del «bragallo» (testículos del cerdo sacrificado en la reciente «matanza» ritual) y, con palos y zarzas a título de amenaza, inferían miedo atávico a sus vecinos. Además, se menciona en este preciso lugar otro actor o personaje genuino: ‘el boy’. Este intentaba parodiar la ‘suelta’ de un buey. Durante los acotados días en que este protagonista realizaba su actuación, las gentes se recluían en sus hogares para narrar historias o hechos extraordinarios o fantásticos (a semejanza de ciertos ‘filandones’, relativos a creencias o cuentos anecdóticos de temática mágica y pagana). 

En la capital del Bierzo, Ponferrada, se ha querido asimismo recuperar parcialmente una de esta clase de figuras simbólicas y vulgares (a partir del análisis que, basado en las especificaciones aportadas por el escritor ‘racial’ cacabelense Antonio Fernández y Morales, se ha logrado desgranar y adoptar) y se viene elaborando (a partir de entonces) un muñeco que, montado en su indispensable borrico, es paseado y luego se procede - como colofón, al término del espectáculo festivo, descarnado e irreverente – a incinerarlo con la ayuda de las antorchas o «fachos», previstos anticipadamente a tal efecto. Este se convertirá en el noveno año o edición en que se lleve a cabo la reproducción de esta interpretación de cariz consuetudinario.

Respecto al citado autor literario berciano, se ha de constatar la existencia en uno de sus poemas (O Entróido) de un relato inconfundible y admirable, conteniendo las orientaciones e indicaciones carnavalescas y descriptivas mejor relatadas (ya que estas identificaban pormenorizadamente a los intervinientes más destacados): seres que se regocijaban con el ruido de las carracas y otros instrumentos de uso similar, que se acondicionaban mediante unos cuernos de buey en su testuz, que se envolvían a la manera de mendigos andrajosos y harapientos y, sobre todo, que tenían vocación de transformarse en demonios (diablos o ‘diaños’) pintándose el rostro con colores llamativos, estridentes y estrambóticos, a menudo el rojo intenso y/o sanguinolento.


En Cabrera
En su entorno geográfico peculiar, aislada en otro tiempo, estaba vigente una costumbre que – en su exaltación rústica e irreverente, en sumo grado – sufrió el rechazo y condena de las dignidades eclesiásticas.
Los ‘campaneiros’, no obstante, eran tolerados y aceptados (por ejemplo, en el pueblo de La Cuesta, de la municipalidad de Truchas).

En cambio, en la comunidad establecida en Villar del Monte, se empleaban máscaras metálicas (lo que generaba algunas protestas). Mayor era la reticencia religiosa con los que se apodaban ‘trapisacos’: su falta de control (anomia) alcanzó cotas ‘peligrosas’, puesto que se tapaban hasta incluso la cara por completo, se cubrían con las peores vestimentas y utilizaban una multitud de harapos inhabituales. Algunos, para más inri, se colocaban caretas y cuernos y, a la vez que acompañaban a los citados ‘campaneiros’, se colgaban campañas pequeñas, cencerros o ‘chocas’.


Farramacos en Toreno
Estos sujetos, que eran típicos de esta Villa ribereña del Sil, se distinguían por servirse de los trapos y harapos más deslucidos y raídos, buscados en los ajuares contenidos en los baúles del recuerdo. Con estos hábitos, las gentes torenienses daban la bienvenida o impulso al período de euforia y desbarajuste que suponía el período carnavalero. La faz de los «famarracos» era acicalada profusamente con el hollín al uso. Era, en otros tiempos no lejanos, frecuente contemplar además una exhibición de todas estas variedades vestimentarias atrasadas, roídas o ajadas en algunos alpendres, cobertizos o corrales de la población (como decorado en aquellos días dedicados a don Carnal).


Otros protagonistas
Los acontecimientos que definen el Carnaval muestran nítidamente unas raíces rurales y populares indiscutibles, tanto por lo que respecta a los materiales empleados en la confección de las figuras, máscaras, muñecos, caracterizaciones, imágenes… como en la creación y adjudicación de los papeles desempeñados por los individuos y resto de elementos acondicionados para la ocasión. No obstante, en el fondo es perceptible y comprobable, en su conjunto, la confluencia de otros factores religiosos y de filosofía mundana en mayor o menor grado (con una constante alusión o visión - a modo de metáfora - al tiempo agrícola, cíclico y meteorológico repetitivo). Es de pensar que sería preciso y aconsejable, ciertamente, la implementación futura de un trabajo provechoso: la realización de una recopilación que contemple estas singularidades.


Curiosidades
En Santibáñez del Toral - pedanía de Bembibre - el enmascarado o caracterizado que disponía de la habilidad de no ser reconocido, en su itinerario o recorrido por las casas de sus convecinos, tenía que ser alojado (de la misma forma que se agasajaba a un huésped) en la vivienda correspondiente (por la impericia o descuido cometido). 
En Vega de Valcarce todavía se refiere o comenta el hecho, reciente en el recuerdo, de perseguir a los visitantes, turistas (o, tal vez, peregrinos) que osaran no aceptar la regla obligatoria de ‘vestirse’ adecuadamente. En tal sentido, eran obsequiados con un tizne de su semblante o se les ‘incluía’ en la juerg lanzándoles cualquier material sucio.

NOTICIA: Los antruejos llegan al palacio de los guzmanes

marciano -

El Patio del Palacio de los Guzmanes acogió la apertura de la exposición de los Antruejos de la provincia, coincidiendo con la presentación de la Federación de Antruejos Reino de León, que aglutina a todos los colectivos y que se ofrece como garante de la tradición leonesa. Majo comentó que «un pueblo, una comunidad es definida también por sus fiestas, la riqueza de los carnavales refleja el valor de nuestro pasado, de nuestra memoria».